Historia

El origen de la localidad de Altafulla se remonta hasta la época medieval, a mediados del siglo XI. Estaba situada en un promontorio que desciende suavemente hasta el mar Mediterráneo, donde, junto con otras colinas fortificadas en la línea del río Gaià, formaba el extremo meridional del condado de Barcelona. La posición elevada de la localidad significaba un cierto desplazamiento con respecto al hábitat romano o tardoromano de la villa romana de Els Munts, a orillas del Mediterráneo, y ofrecía mayor protección con respecto a la costa. Gracias a su localización, la fortaleza dominaba el entorno y, paralelamente, la Vía Augusta se convertía en la gran arteria de comunicación del territorio.

De hecho, el castillo de Altafulla todavía ofrece, a día de hoy, una posición privilegiada y preeminente, fiel a las condiciones de ocupación feudal del siglo XI, como si hubiera nacido de la misma roca sobre la que ahora descansa. El edificio, de planta triangular o trapezoidal, gira en torno a un patio interior, que originalmente funcionó como torre y al que se añadieron otras estructuras posteriores. La construcción conserva todavía la apariencia de fortificación y está flanqueada por diversas torres con almenas y una puerta dentada, elementos que recuerdan una cierta funcionalidad militar.

La estructura medieval urbana se puede recorrer hoy día a través del núcleo urbano antiguo, conocido como la Vila Closa, denominación que alude al recinto amurallado. Este lugar se caracteriza por sus calles con pendiente o con ciertas curiosidades, como el pasaje de Santa Teresa o la iglesia parroquial de San Martín. Todo el conjunto medieval, con fachadas de casas señoriales edificadas en el siglo XVIII y sus plazas, otorga a este lugar la tranquilidad y elegancia que le caracterizan y por el que ha sido merecedor de la distinción de bien de interés nacional y declarado conjunto historicoartístico por la Generalidad de Cataluña en 1998.

El perímetro medieval del recinto amurallado que rodeaba el castillo de Altafulla fue superado por el crecimiento urbanístico de los siglos XVII y XVIII de la actual Vila Closa, cuando el pueblo inició su expansión hacia el mar. La Vila Closa responde al pueblo cerrado por una muralla medieval, de la que se conserva un tramo, dos torres y tres portales, actualmente reformados, que daban acceso al pueblo. Si vamos hacia el mar, el actual barrio marítimo, las calles son más anchas y paralelas a la Vía Augusta, y dejan entrever un pueblo rico y próspero con casas señoriales que fueron propiedad de una destacada oligarquía mercantil en la calle Botigues de Mar.